NIGHT #999 “LA NOCHE DE ANOCHE”

Un dolor punzante la despertó en aquel cuartito de baño, un dolor que parecía acrecentarse en cuanto más abría los ojos. Pronto reparó en que tenía dos tipos de dolor en las cienes: el sello de unos puños, y un tic tac proveniente de su conciencia vulnerada. Los senos los tenía con leves rasguños, pero de eso sólo podría sacar una sonrisa, una cada vez más opaca que la anterior, al momento en el que trataba de recordar lo que había ocurrido la noche anterior.

Por tercera vez en la vida se había desmayado en el mismo sitio al final de su borrachera, calzones abajo y sin recordar los últimos momentos antes de la jaqueca. Supuso que eran cinco horas las que había olvidado culpa del alcohol, porque el culo le dolía más que después de la farra pasada, una de la que sólo consiguió recuperar la imagen de su Casio marcando la media noche, seguido por un cuatro menos quince.

Los recuerdos le bombardearon los ojos, y los olores fétidos producidos por su piel marchita, combinados con el cigarro húmedo y el hedor a baño público que ya se hab ía lacrado en la pieza, la hicieron vomitar por última vez esa mañana. Se duchó lento, pretendiendo que algún fantasma entraría al agua con ella y le daría un buen masaje en los hombros, mientras que, a voz de murmullo, le contaría al oído los detalles que faltaban en sus recuerdos.

La rutina la hizo tomar de la repisa su desodorante viejo, y buscar sus aretes favoritos, unos que le regaló un taxista hacía unos meses, del que no supo ni su nombre, pero tampoco le gustaba mucho atraer a su imaginación, el pretexto que el hombre tuvo para dichoso presente. De momento, su corazón se aceleró, y los olores que aún viajaban de su cabello, le devolvieron la imagen de ella misma, como caminando en un sueño a través de calles oscuras y árboles muertos; tropezando cada ocho segundos por nunca haber aprendido a usar high heels, hasta que, el último tropiezo la hizo estrellar la nariz contra el pavimento, y durar poco más de quince segundos ahí tendida.

Unos brazos grandes y velludos aparecieron alrededor suyo.

En esa memoria, el hombre abrió la boca, la trataba de mantener quieta y probablemente hizo preguntas, pero, al intentar responderle, la mujer sólo volvía a oler su propio aliento: una combinación mortal de tequila, cerveza barata y ron. A pesar de las respuestas, en su mente las voces resonaron poco, así como hacen las rocas hundiéndose en un río quieto. Pronto, otra fotografía apareció, y le mostró el uniforme, un verde militar en conjunto con un arma de fuego de casi un metro de largo, algo que la hizo sonreír y morderse los labios en medio del lapso en que recordaba una última cosa.

Presto, en su sueño, giró la cabeza a la derecha, y cayó en cuenta de que de la cama ya se había levantado el soldado. Lo vio rondando cerca del mismo cuarto de baño, terminando de vestirse y cubierto por una capa oscura de pelo en los brazos, pecho y piernas. La mujer le dio la espalda, como haciéndose la dormida para esperar a que el desconocido entrara en las cobijas de nuevo; y sin embargo, se extravió de su propia conciencia, hasta quedar dormida.

No consiguió otra pista de lo ocurrido, y de momento sintió un bulto en el bolsillo del jean que usaba desde anoche, hurgó y empezó a desechar a la basura las cosas que ya no le servían: dos condones con el mismo aroma que gritaba su cabello; restos de billetes rotos, y un papel arrugado: una nota manchada de marrón que sólo tenía un número telefónico. Dibujó una sonrisa forzada a partir del dolor que permanecía en su razón, tomó el teléfono, marcó, y una voz gruesa le contestó:

– ¿Hola?
– ¿Nos vamos a ver de nuevo?
– ¿Quién habla?
– Soy yo… Arturo.

@Noxander / #GlowingTonight

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