Fragmento de la #novela #ElCalabozoDeLosSueños | #libro de #ficción

Fragmento de la #novela #ElCalabozoDeLosSueños | #

Con motivo de la nueva promoción de la novela “El Calabozo de los Sueños”, que estará activa del 7 al 14 de Junio aquí, quiero compartirles un fragmento de la historia. Espero que les guste tanto como a mí me ha gustado escribirla.


“El Brazo Izquierdo de la Muerte”
Capítulo 1: El sueño más oscuro

—Nordeline, es tiempo.
—Madre, ¿por qué tenemos que huir? —su rostro parece molesto, pero supongo que mi expresión la conmovió tanto que me dio una buena respuesta:
—No somos bienvenidos, hija —me dijo con pesar, pero mis catorce años no me alcanzaron para entender su razón.
—No hicimos nada, no les hicimos nada a ellos, ¿verdad?
Me pareció que quiso contener un sollozo, no creo que haya sido de culpa, pues aunque no lo sabía, de algún modo, yo estaba segura de que mi madre no era ninguna criminal.
—Ellos le temen… —sí, era tristeza lo que reflejaba—. Le temen a lo que no comprenden.

Estábamos en medio del Bosque de los Siete Cuervos, un sitio del que sólo se hablaba para espantar a los niños pequeños. A mí siempre me pareció fascinante la idea de explorarlo alguna vez, aunque jamás tuve la oportunidad, hasta ese día. Llegamos en Giblic, el caballo negro de la familia.

—¿Pasaremos la noche aquí, madre?
—Sí, hija. Creo que no nos siguieron el rastro hasta acá. Creo que estaremos a salvo —al final pareció que cantaba un ruego, además, porque nunca antes había visto tal miedo en sus ojos, y ya casi no tenían luz.
—¿Adónde iremos mañana? —pregunté, aunque realmente no me importaba, mientras siguiera a su lado.
—Debemos cruzar el río Dóbul; salir de las fronteras de Hifeol. Eso debemos hacer.
—Quisiera volver —ojeé el suelo.
—Yo también. Cuánto lo deseo. —dijo mientras se acercaba al caballo para acariciar su pelaje que lo hacía desaparecer en la penumbra de los árboles, aun cuando apenas el sol terminaba su danza con las nubes del ocaso. Mi madre me dio la espalda, y vi que su cabello rizado tenía un nudo pequeño, sostenido por una pluma de tonos rojos, que ya había visto antes.
—La trajiste —señalé con una sonrisa nerviosa.
—¿Qué?
—Tu pluma mágica.
—Hija —resaltó sus pómulos—, no la vamos a necesitar.
—Pero tú puedes hacer cualquier cosa con ella —de igual modo que lo sabía, también me preguntaba por qué siempre aparentó ser una persona común.
—No —de momento pensé que se había molestado—. Escucha, mi hermosa hija, vas a estar bien.
Dirigió una mirada lánguida al frente, hacia nuestro derredor, y me abrazó. Ahora puedo decir que pudo haber amanecido, y aún hubiéramos seguido en aquel abrazo, pero, en ese momento reparó en que el bosque tenía nuevos visitantes. Supimos que no podíamos esperar más.
—Están aquí —me dijo.
—Entonces, hay que irnos —empecé a desatar a Giblic.
—La noche nos podrá ocultar fuera de este bosque.
—Pero el puente del Dóbul está muy cerca, sólo hay que llegar antes que ellos.
—Nordeline —sentí que su mirada me derribaba—. Tal vez no estés preparada para esto. Ellos tienen corceles de guerra, tienen armas, y lo peor de todo, hija, tienen odio. Un fuego que podrá alcanzarnos si no permanecemos unidas.
—Nunca te dejaré.
Así de sencillo fue declararlo, aunque ella pensaba que no podía ser cierto.
—Sube. Hay que irnos.

Algunas de las pocas aves que habitaban el bosque alzaron vuelo a una distancia corta desde la que estábamos, pensé entonces que nos acechaba algo peor que las alimañas temidas de las fronteras de Hifeol: soldados del reino.
Un momento después, algo le susurró mi madre al caballo, y su galopar se volvió tan suave, pero al tiempo, tan veloz, que pensé que estábamos sobre la copa de los árboles muertos que nos rodeaban.

Al fin sentí que el aire era menos denso, y la niebla fue dejada atrás. El sol ya había desaparecido, regalando un cielo entintado, como si supiera que la sangre tocaría la tierra antes de empezar a verse la luna.
Salimos del bosque, y a gran velocidad pude distinguir una mancha titánica que a nuestra derecha se extendía por una distancia interminable; un ejército de hombres, comandados por el rey Keratro en persona. Lo reconocí por ser el más ataviado con metales dorados y una corona igualmente ostentosa.
—Madre… —dije, y ahogué un grito al darme cuenta de cómo el odio podía traducirse en hombres armados.
—No mires.
Pero era imposible. De pronto, la ola de caballos cabalgados por armaduras oscuras empezaron a seguirnos las huellas, y a producir un estruendo terrible, lleno de voces y gritos de guerra.
—No pueden alcanzarnos —me dije, y vi hacia delante, donde estaba el puente.
—¡Derriben a la bruja! —escuché que la voz ruda de Keratro se hizo sonar por entre el ejército. Un momento después, aleteos pequeños se escucharon en la lejanía; reparé en el cielo, y el aliento se me fue a los pies al darme cuenta de que el sonido era un grupo de flechas que venían en nuestra dirección. Vi que el puente quedaba cerca, pero esperé lo peor al apretar los párpados. Las primeras saetas atravesaron la superficie a unos pasos de nosotras, y algunos más se perdieron bajo el trote que llevábamos. Abrí entonces los ojos, para reparar en que el suelo que pisábamos ya era piedra. Luego escuché otro aleteo, y Giblic relinchó de dolor. Se sostuvo sobre sus patas traseras, y mi madre y yo caímos de espaldas sobre roca.
—Madre, por favor levántate, el puente está a unos pasos —le dije repleta de miedo.
—Nordeline, ¿cómo está el caballo? —su voz sonó extenuada. Me miró con extrañeza y luego, su rostro pareció molesto.
—Creo que no podrá levantarse —le dije a mi madre, al ver que Giblic no podía con su propio peso. Presto, encontré la herida, de la que surgía una vara delgada con una pluma en el extremo.
—Déjalo. No podemos hacer nada por él. —Se puso de pie con algo de esfuerzo y entornó los ojos angustiados. En la parte norte del sendero, la ola de metal y gritos continuaba acercándose—. Crucemos —dijo ella, y corrimos tras una breve pausa; yo por delante, hasta que logramos ver las corrientes de Dóbul, pero ni siquiera nos acercamos a la mitad del puente, cuando los hombres de Hifeol nos alcanzaron. Mi madre dejó de moverse y me pasó a sus espaldas.
—¿Qué es lo que quieren? —hablé en voz baja, sin esperanza de recibir respuesta.
—Me quieren a mí…
Aunque no entendía por qué lo decía, lo que más me preocupó al momento, fue ver al rey Keratro bajar de su corcel y dirigirse hacia el puente. Nosotros nos alejábamos de ellos a pasos cortos, pero no por ver que aquél hombre nos intimidara, sino porque sus guerreros levantaron sus arcos tensados, en dirección nuestra. De momento, mi madre se desató, en un solo paso, dos tiras de cuero del brazo para soltarse una muñequera de piel en que estaban unidos una placa curva de metal y un trozo de cristal negro de cuatro vértices.
—Tómala —me susurró—. Mantenla contigo; te protegerá.
Yo dejé rodar las primeras lágrimas de angustia, y no le respondí nada, tan sólo me limité a tomar el brazalete.
—¡Vuelve, bruja! —Rugió de nuevo el hombre con la corona. Nadie más se movió. Pero entonces, mi madre extendió un brazo, tan despacio como pasaba el atardecer sobre nuestra tragedia, y la vi llevar su mano derecha hasta donde estaba la plumeta en su cabeza, tiró despacio de la punta, y el nudo en su cabello cayó, soltando aquél aroma a lavanda con que sólo yo la reconocía.
—Está armada —dijo el rey a sus arqueros—. Derríbenla.
El corazón se me fue a los pies y, un instante después, de nuevo dos aleteos. Dos golpes certeros que la hicieron tambalearse, perder el equilibrio y desplomarse como una torre a la que se la ha asediado día y noche.
—Madre… —le dije en un hilo de voz, viéndola tendida en el suelo—. ¿Qué debo hacer?
Me arrodillé y no contuve el llanto al verla boca arriba, recostada como cuando ya está cansada del trabajo del campo y debe dormir un momento.
—Nordeline… Te amo.
Cerré los ojos y dos líneas brillantes pintaron mis mejillas.
—Madre… —le dije, aunque perdía a poco las fuerzas para hablar.
—Tienes que irte.
—No, me quedaré contigo —supliqué.
—Hija. Debes seguir adelante.
—No iré a ningún lado.
—Nordeline. No olvides… Que un sueño puede cambiar el destino de una nación.
Aferró entonces su artilugio, lo acercó despacio a mi rostro, y hacia la orilla de esa visión antigua, pude escucharla proferir algo que me salvó la vida:
Lúndrolaúr erú.

Después de eso, desaparecí del puente de piedra, y a mi madre jamás la volví a ver.

Adquiere la novela aquí.
atte. @Noxander | #ElCalabozoDeLosSueños

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